Friday, January 6, 2012

De citas online y el regreso....

Volver a sentarse frente a la pantalla para escribir de amor cuando eso es lo que justamente falta es una aventura. Más bien una carrera de obstáculos.Pero eso no quita que regrese. Después de largos meses de intentar y de equivocarme, de comenzar, retroceder y encerrarme, decidí salir al encuentro. Al mio. No al de otro. Primero hay que amarse a uno mismo.

Así fue que contandole anécdotas viejas a mi amiga Luli, ella también se puso al día. "Me anote en una web de solos y solas." Mi primera pregunta iba a ser ¿Y porqueeeee? Pero yo sabía la respuesta. Luli se cansó de estar sola, de no conocer a nadie en la ciudad, de ir a bailar y de solo encontrarse con ridículos especímenes que buscan un trío. De ver a sus amigas casadas, con hijos, viviendo en el exterior, mudadas a otros departamentos. Luli se anotó porque creyó que en la web iba a encontrar el amor. Uno verdadero. La ironía fue la mía cuando le seguí los pasos. Su idea no podía estar tan errada. Seguramente miles de personas lo hacen, y mientras que no les des tu dirección de casa y el código de tu alarma, estás segura.

Así que, puse mis datos, una foto bastante normal y a la media hora ya estaba recibiendo guiños y mensajes de potenciales candidatos. Llena de emoción abrí los primeros mensajes, y revise los perfiles de quienes me habian contactado. El problema fue cuando me puse a mirar a los "pretendientes". Y no solo a los que me habían contactado, sino a todos aquellos que, como yo, se había animado a subirse a la plataforma web de la soledad.

No se que es más triste, si estar sola, haberme anotado en la web o descubrir como son los pocos hombres que quedaban.

Era un especie de Sale. Como cuando una va de compras al sale (del sale) en el outlet, donde quedan las prendas mas feas, todo en talles minimos o gigantes, en los colores menos combinables de la historia. Así me sentí cuando me encontre con los candidatos de estas webs de citas…

Pero aún así no desistí. Decidí seguir los pasos de mi amiga Luli, enredada en la adicción de sentirse deseada y recibir todos los días nuevos mensajes, nuevos contactos.

Hay de todo. Claro. Desde tipos de 50 años (¡y más!!!!) que te mandan mensajes del estilo "hola hermosa" y yo por dentro pienso podría ser tu hija, tu nieta quizás! Hasta flacos de promedio 30 años, pero que si me hablaran en un boliche o en un bar no les daría ni la hora. Y después en el medio hay una zona gris, de tipos a los que quizás les hablaría, para pasar el rato, porque estoy aburrida, porque honestamente no tengo nada mejor que hacer.

Así fue que acepté algunos usuarios en mi msn. Sí, dije msn. Creo que no lo usaba desde que tenía una pc, y eso fue hace más de 2 años. El primero que me habló me asustó. Mucho. Era la primera vez que hablabamos y ya quería poner la webcam, y yo me acordaba de cuando recién empezaban las salas de chat y una vez puse una webcam con un chico de mi edad (voy a decir 14 aunque creo que era menos) y había un miembro masculino en primerísimo plano. Nunca más puse webcam con un desconocido. Lección aprendida, sin embargo, lo que sí acepté fue su contacto en Facebook, para ver sus fotos, a pesar de que la charla por msn había sido bastante rara. Y para mi sorpresa (gran sorpresa), su primer comentario fue "¿No tenés una foto normal?". A lo que respondo con un "¿qué querés decir con normal?".
- Es que estás sonriendo en todas las fotos. Tus fotos son todas posadas. No tenés ni una normal.
- La que tengo de perfil es esponánea, normal, no sabía que me estaban tomando la foto.
- Ah… entonces sos demasiado fotogénica.

Y me bloqueó por completo de su vida. Nunca me habían rechazado porque salía bien en las fotos. Es una nueva. Ese descartado me enojé con la web y decidí a borrarme. Pero me habían mandado contacto otros hombres. Parecían más normales. El primero, un fotógrafo. Separado. Un nene. Mmm. Buena onda, hablamos un poco pero me aburrí. Descartado.

El siguiente que acepté al msn fue un estudiante de cine. Es raro, porque ya hablamos un montón de veces. De cine más que nada. Pero hablamos de las fiestas. Vive en del otro lado de la provincia lo único (jaja) No es el pibe más lindo del mundo. Obvio. Está en una web de solos y solas ¿qué esperabas? Pero me resulta interesante. Sólo que en algún momento algo debo haber dicho que después de nuestra última charla desapareció. Así de la nada, nunca más hablamos, un poco fue aburrimiento mutuo, y otro poco porque nunca más se conectó. (Me bloqueó, se entiende).

Así, como mi amiga Luli que se alejó de las pistas para volcarse a Internet, y me arrastró con ella, me sentí defraudada. Por eso, vuelvo a la ciudad. En un enero caluroso y vacío, a ver qué es lo que quedó en este gran sale de temporada, en busca de una compañía, aunque sea por un rato.

Hasta el viernes que viene.

Sofi.-

A partir de hoy, y todos los viernes, no te pierdas las historias de Sofi y sus amigas. 
Si querés contactarte con Sofi podés escribirle a bairesinlove@gmail.com

Baires in love - 17 - 9 - 2010

The comeback
Viernes, at last. Meses hacía que no me sentaba frente a la página en blanco del Word que me pedía por favor una historia para contar. No porque falte, ojo, sino porque a veces los demás compromisos interfieren con el placer, no del amor claro, sino de escribir. Y doy vueltas en círculos en la historia del regreso, una que sea suficiente para justificar tanto tiempo ausente. No, nada. ¿Falta de práctica? ¿Falta de inspiración? ¿Falta de romance?

Y ahí me acordé. De golpe.


Me caso. 

¿Qué? ¿En serio?
¡Si! (y me muestra el anillo).
¡Ay! ¡Te felicito!!!
Sos la primera persona a la que se lo cuento. No lo sabe nadie todavía, ni siquiera mis papás.
¿En serio? (nos conocemos hace menos de un año)
¡Si! ¿Cómo no te iba a contar? No me aguantaba más. Estábamos en la playa y...
¿La playa? (¿cuándo fue? si hoy es como jueves, y nos vimos todos los días de la semana... no entiendo)
¡Si! ¡Fue en Semana Santa! (aaaaaahhhh.... pero ahora es julio...) Cuando nos fuimos a Pinamar.
¡Ay!!! ¡Que romántico!!! ¡Esperaste basante para contarme! (se rie y se mira el anillo... quiere seguir contando, claro) 

Me contó la historia de su romántico fin de semana, las charlas que tuvo con su novio justo antes de que le diera el hermoso anillo empaquetado en una cajita celeste. Se casa. No lo puedo creer. Me siento una vieja. Mi mejor amiga se casa. Claro que en el momento en que me lo contó no eramos mejores amigas. Amigas, sí. Nos veíamos todos los días en nuestro ex-trabajo, compartíamos box. Somos muy parecidas en muchos aspectos y enseguida nos hicimos muy buenas amigas. Conocí al novio al poco tiempo, en un recital si no me equivoco. Son la pareja perfecta. Por la forma en que se hablan, cómo se conocen, es evidente a primera vista que lo suyo es amor. Pasaron los meses y las dos nos fuimos de esa oficina. Pero nunca más dejamos de hablarnos.

Y seguimos viéndonos. Conocí a los amigos del novio, y a las novias de los amigos del novio. Visité su departamento mil y una veces, paseamos en auto, caminamos, hicimos shopping, tomamos el te en golosos lugares, salimos a cenar, almorzar y desayunar. Pedimos pizzas y helados por montones, y ahora si puedo decir que mi mejor amiga se casa.

Y así de la nada, de no-story a madrina, ya charlamos paso a paso su vestido de novia, visitamos diseñadoras (bueno... no se porque el plural...) conocí la iglesia, el beach bar y la casa de tortas (todo por afuera...) y cada vez falta menos, y nada me emociona más que su historia, quizás porque es la primera boda, quizás porque es mi mejor amiga.

Es mi forma de felicitarla, si tan solo una vez más. Y de desearle lo mejor, dedicandole el regreso de Baires in love. Cheers!

Bissou, bissou.

Sofi.-




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Baires in Love - 12 de Febrero 2010

A las mujeres nos encanta planificar. Organizamos salidas, llevamos con nosotras una agenda, cancelamos y volvemos a poner fecha, postergamos, reagendamos. Planificamos cumpleaños, bodas, aniversarios, salidas con amigas, con amigos, con parejas, con el hombre de nuestros sueños. Planificamos en nuestras cabezas charlas, puramente imaginarias, con él. Y felices marcamos los diez números de su celular, y mientras suena y suena y suena, ya nos vamos imaginando hasta la voz que vamos a poner cuando nos atienda.

Hace unos cuantos sábados atrás me encontré con una amiga en un bar. Yo llegué con dos amigos, uno era él. Pedimos una Corona con limón cada uno y nos acercamos a la mesa de mi amiga Dolo. Toda la noche nuestra charla fue directo a los ojos, y cualquier libro de Comunicación no Verbal hubiera indicado que estábamos en el camino del bien hacia un nuevo inicio de relación. Ahora, mi amigo no es un amigo cualquiera. Con mi amigo tenemos historia. Compartimos un largo tiempo atrás de unas clásicas Sushi nights, recorrimos bares de Palermo juntos, asistí a una y cada una de sus locas fiestas, y en reiteradas ocasiones casi compartimos también un beso. Pero nunca pasó nada. Y quizás nunca antes me había dado cuenta que me interesaba que pasara algo. ¿Muy tarde quizás?

El fin de semana que le siguió a ese, me volvió a llamar. “Una fiesta en casa,” es lo único que le escuché decir. Aunque, aparentemente él había explicado claramente que era una Pool Party. Dolo y yo llegamos a su casa vestidas (literalmente) de punta en blanco, divinos zapatos y carteritas. En la “fiesta” todos estaban en la pileta, con shorts de baño y vestidos de día, con ojotas! Y así nos quedamos, las dos en un rincón de la cocina charlando entre nosotras y tomando cerveza como si se fuera a terminar el mundo. Quizás fue el puntapié, que en mi casa mis viejos estuvieran viendo la película 2010, ésa en la que dicen se termina el mundo, y entonces mi decisión de no dejar pasar más oportunidades se haya visto reforzada en los momentos a seguir.
Cada una de sus miradas me sonaba a guiño, sus roces que parecían ocasionales y al azar, yo los veía como calculadas situaciones para acercase a mi. Sus sonrisas eran a mis ojos un signo de complicidad mutua. Si hasta me tomó de la mano cuando cerré una puerta. Claro, así lo vi todo yo. Pero, incluso mi amiga, entre charlas con un amigo de él – uno que yo no conocía – sospechó de alguna intención oculta del grupo masculino en busca de información no compartida.
Cerca de las 3 de la mañana nos buscó un remis, para ir a otra fiesta, a la que nunca pudimos entrar, porque resulta que en Gran Buenos Aires a las 2 am, te cierran las puertas. Vestidas de punta en blanco, y reitero que literalmente, nos quedamos paradas en la calle llena de gente pero que se estaba vaciando, al borde del río de la Plata, sin transporte, sin casi señal del celular, y sin un número de remis para llamar.
Desesperé. “Conozco la zona, y sé que es peligrosa,” le dije a mi amiga. ¿Mi primera reacción? Lo llamé. Atendió luego de cuatro largos rings. “¿Estás bien?” Me preguntó del otro lado del teléfono. Yo, casi llorando, le dije que estaba asustada y que nos habíamos quedado en la calle. Me preguntó si necesitaba algo. Y claro, yo ilusa pensé que me iba a decir “ya voy para allá”, pero terminé pidiendo disculpas y corté. A los pocos minutos Dolo tenía un “salvador” y se fue. Volví a llamarlo. Esta vez atendió en un solo ring. “Te estaba llamando, estás bien? Necesitas que te mande un remis?” Di paso a la resignación. Él no iba a venir a rescatarme. ¿Tanto necesitaba que me rescatara?
La luz del domingo al medio día me alcanzó en el horario justo para almorzar. Me bañé y me sorprendí al ver que en mi anotador debajo de la tele decía “Llamalo para agradecer. Invitalo a cenar”. Ya desde mi sueño ilusionado de anoche estaba planificando lo que iba a hacer el día siguiente. Entonces con mi celular en mano caminaba por mi habitación, ansiosa, imaginando, pensando, argumentando. Con frases perfectamente armadas para sonar sorprendida y agradecida, el texto iba a ser algo sacado de una chick flick típica y bien rosa. “¿Cómo puedo agradecértelo? Dejame que te invite a cenar”.
No atendió. Ni siquiera a los 5 rings. Corté. Sentada en la cama me quedé pensando que quizás todavía dormía desde el día de ayer.
Regresé del paseo de Shopping con mi mamá cerca de las 7 de la tarde. Nuevamente, caminando ansiosa por mi habitación, el teléfono sonaba. Cosquillas en la panza. Brillo en los ojos y me enrosco el pelo como hago cuando estoy coqueteando con la vida. Ring 2 y me atiende. Respiro lo más hondo que puedo y cierro los ojos, en parte agradeciendo que atendiera, y en parte maldiciendo porque ahora tenía que actuar lo que venía preparando hacía horas. “Hola cómo estás?” Y mi respuesta ya traía indicios de planificación cuando me responde “Che, te puedo llamar en un toque?” Y mi plan se derrumbó, y estalló en el aire. Esperé. 5, 10, 30 minutos. No quería ni moverme de al lado del teléfono. Ni siquiera para ir al baño.
Cuando volvi de cenar, me di cuenta que ya habían pasado 4 horas y no me había llamado. Quizás creyó que era muy tarde y no me llamó. Por ahí se le cayó el teléfono a la calle, o le robaron, y entonces no me pudo llamar. Puede también que yo no tuviera señal en mi habitación, por alguna razón bizarra del clima y el calentamiento global. Por ahí su gato se había escapado y tuvo que salir a buscarlo y como casi lo pisa un auto lo tuvo que llevar a un veterinario y entonces, claro, pobre, no me pudo llamar.
Miles y miles de excusas pasan por mi cabeza, y mi imaginación no se da por vencida, ni aún vencida. Recorro imaginarios y me duele creer que él no me llamara porque quizás, solo quizás, no tenía ganas de hablar conmigo. Y entonces me siento rechazada. Aunque él no supiera que lo iba a invitar a salir. Su no-llamada es su forma de no aceptar mi invitación.
Y me niego a enfrentar esa realidad, de que por más que sepa que las planificaciones no siempre van acorde a las expectativas, voy a seguir imaginando qué le voy a decir, si en algún momento volvemos a hablar. 
Sofi.-


Escribile a Sofi tus aventuras de amor a bairesinlove@gmail.com. ¿Qué hiciste este verano? ¿Vas a festejar San Valentín? 




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Baires in love - 18 de diciembre 2009

Las personas pueden enamorarse. De un novio, de una novia, de un amigo, de un primo lejano, del amigo de un amigo, del tio o la tia de un amigo, de una mamá (que no es la propia), de un abuelo (que no es el propio). De un vecino, de un perro, de un gato (en ambos sentidos), de un animalito desamparado y adoptarlo, ¿por qué no? De un auto, de una casa en el campo, de la pileta del vecino de un amigo, de una cancha de tenis, de un equipo de fútbol. Hay gente enamorada de la vida, de los brownies, de sus hijos, del jardín de su casa, de su pareja. De sus padres. De la casa donde vivían de chicos.

Yo estoy enamorada de la ropa.

Me vuelve loca caminar por el piso de baldosas amplias y claritas del shopping. Mirar una por una las vidrieras de los locales que me fascinan. Tocar la ropa. Sentir ese perfume a cuero que tienen los zapatos. Acariciar la seda de un vestido y sentir, cuando me pruebo un pantalón, la belleza de que me cierre el mismo talle que hace dos años (¡y no haber engordado!). Me da mucho placer los olores y la música de los locales. Las luces y la decoración navideña.

Estoy enamorada de la ropa y de comprarla. De probármela. De imaginar que soy una de esas actrices de películas y que juegan a los moive dress ups (...como en The Sweetest Thing).

Estoy enamorada de la moda pero detesto completamente que, cuando estoy buscando algo desesperadamente (lease el vestido para ponerme el 31), no pueda encontrar nada. De repente todos los locales, todos, uno y cada uno de los locales a los que entro no tienen un vestido que me guste o dentro de la franja que estoy dispuesta a pagar (y eso es por debajo de los $600).
Me probé de todo. Largos, cortos, con escote, sin escote, en colores claros y en colores oscuros, blanco con negro, negro con dorado. Nada me gustó. Comprarme un vestido para año nuevo implica que no sólo esté en precio sino que además sea un vestido reutilizable. Es decir no un vestido que llame mucho la atención, ni algo que salió de la Red Carpet (como un Oscar de la Renta). Quiero un vestido que si después me pongo unas ojotas no quede completamente ridicula.

Cansada ya de recorrer después de una hora y media el Unicenter, llamé a mi amiga en estado de desesperación. A los locales que entraba en el subsuelo no podía descubrir un vestido que me gustara. Completamente frustrada le dije que me iba a casa. Y ella me respondió algo muy sabio (después de hacer un repaso por las 45 mil marcas que nos gustan del shopping). Me preguntó por mi marca preferida. Sí. Esa que está en el segundo piso y que por ir directamente a la planta baja, caminar entre el tumulto de familias que se sacaban fotos con Papá Noel, me olvidé que estaba allá, esperándome.
Ahí, donde me comptro vestidos para el día, cinturones, camsas, polleras, incluso donde está esa INCREIBLE cartera negra de cuero gigante con tachas plateadas por todos lados y que muero, desesperadamente, por tenerla pero que mi presupuesto mensual de compras no me permite comprarla.

Wanama. Llegué cansada de caminar y de todo el largo día de trabajo y mientras me paseaba entre las perchas con aire desganado una retailer muy amablemente se me acercó y me preguntó si buscaba algo. “Vestidos”, como se imaginaban, fue mi respuesta. Me mostró uno y otro, y otro más. Me acompañó al probador. No sólo volvió al poco tiempo para ver si estaba todo bien (a pesar de que el local estaba completamente lleno de gente, a las 8 de las noche de un día de descuentos y previo a la Navidad), sino que me dijo “dale, quiero ver como te queda”. Le mostré y le pregunté si no tenía un cinturón negro (como el que me compré hace un tiempo, también en Wanama, pero del DOT).

Me acompañó a la caja luego, y me preguntó por lo que tenía en la bolsa. Le mostré mis chatitas negras (ver foto) y me dijo “ah, tenés muy buen gusto”.

¡Y claro, si amo la ropa!

Así que, el resultado final de mi outfit para el 31 a la noche es:

Vestido de Wanama ($390 aprox)

Cinturón de Wanama (desde $90)

Chatitas de Parulo ($380 aprox)


Además, en Wanama del Unicenter te hacen un 20% de descuento si gastás más de $500, y por si fuera poco, podés llevar tus juguetes (en buen estado) de cuando eras chica, y que ya no usás más. Ellos se encargarán que tus muñecos encuentren un nuevo hogar.
Quiero agradecerle a Maru, la chica que me atendió en Wanama, porque un jueves 17 de Diciembre nadie tiene tanta buena onda y predispisición para atenderte, y soportar tus idas y vueltas a la hora de comprar. Aprovecho para desearles felices fiestas a todos los lecotres de Segui la moda, y nos reencontramos el año que viene!

Los quiere,
Sofi.-
 



Escribile a Sofi tus aventuras de amor a bairesinlove@gmail.com. ¿Vos qué vas a usar para el 31? Baires in love estará de vacaciones hasta Enero, ya que el viernes 25 y el 31 es feriado. ¡Felices fiestas!Betsy.-

 
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Baires in love - 11 de diciembre 2009

Me encanta. Desde la última vez que nos vimos sigo pensando si debería animarme a decirle algo. La ansiedad de mi sábado se hace profunda y larga, mientras me preparo para el show. No me arreglo mucho. Voy a trabajar. Jean, sweater negro y zapatillas All Star rojas. Un look cómodo. Sé que mi tarde va a implicar mucha caminata.

Una vez ahí, necesito una cinta dorada que indica que tengo libre circulación por el predio. Nadie tiene una a mano, por lo que tiene que venir él a mi rescate. Jean oscuro, remera negra. Como siempre. Me encanta. Me saluda y le extiendo la mano. Me roza cuando me ajusta la pulsera. Sonrío. Espero que no me haya visto. O no. Ojala que me haya visto, pienso. “Listo”. Es todo lo que me dice.

Y en lo que va de la noche todavía no cruzamos otras palabras. De lejos lo veo charlar con amigos, gesticular, reirse. No me ve. Soy invisible. Dos horas después, el show comienza. Le consulto por las entradas que me faltan y sigo con mi historia. En medio del show, un llamado me obliga a salir corriendo en busca de su ayuda. Aún sin otro tipo de respuesta más que la laboral, me acerco a mis amigas frustrada. El show llega a su fin y lo veo irse, con otra.

Pero no soy la única que por falta de comunicación podría estar perdiéndose algo mejor. Tengo un amigo que sale con una chica que es azafata nacional. Se ven poco, sólo cuando él le dice de verse. Probablemente, entre vuelvo y vuelo ella llegue cansada, y me la imagino con el uniforme blanco y azul oscuro, sacandose sus zapatos y sentarse en el sillón a ver tele. Probablemente no tenga ganas de salir. Pero siempre, cada una de las veces, que mi amigo la invitó a salir, tuvieron una cita. Él ahora se siente frustrado porque piensa que a ella no le interesa, porque ella no le dice de verse. Sin embargo, él nunca le explicó a la azafata que eso él lo ve como una falta de interés. Y uno no sabe, puede que lo sea, claro, pero puede ser que a ambos les falte comunicarse.

El verano pasado leí un libro “He’s just not that into you”, que poco y nada se parece a la película en la que las historias terminan casi todas con final feliz. En el libro, una y otra vez te explican que cuando un hombre no se acerca, un hombre no te invita, un hombre no te llama entonces no está lo suficientemente interesado. ¿Verdad o mentira? Me pongo en la piel de la azafata. Él no la llama siempre para salir porque imagina que si ella quisiera lo llamaría. Ella piensa que él no está interesado. Ella, entonces, no le dice de verse.

Hablando con él, le expliqué mi hipótesis y me dijo: “pero después de 1 o 2 meses de salir no podés saber si estás realmente interesado, o si te vas a querer casar con esa persona”. Y es cierto. Después de 3 o 4 citas, uno no puede saber qué tan interesado está, y si no está lo suficiente. Quizás, lo mismo podría estar pasándome a mi. Él no se acerca. Yo menos. No nos comunicamos más allá de lo justo y necesario, y nunca sabremos si podría haber nacido aunque sea una linda amistad (aunque mis intereses fueran otros). Ya no lo volveré a ver.
Y por culpa del miedo al “justo not that into you”.
Sofi.-



El próximo viernes no te pierdas más desventuras de Sofi y sus amigas. Baires in love. Historias reales de mujeres en Buenos Aires. Escribile a Sofi a bairesinlove@gmail.com y contale tu historia.




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Baires in love - 4 de diciembre 2009

Mientras lo miro fijo a los ojos, se guarda las manos en los bolsillos del pantalón gris que lleva puesto. Signo de que está nervioso. Saca la mano derecha y gesticula mientras explica algo que no estoy escuchando. Soríe. Me habla directo a mi y a nadie más. Se iluminan sus ojos y los míos. Me acerco y con la mano derecha toco su mejilla. Entrecruzo los dedos en su pelo y lo beso. Me responde felizmente.
Pestañeo dos veces y me doy cuenta que sigo ahí. Parada en un círculo de más de diez personas. Él sigue hablando de cosas que no estoy oyendo. Me mira y se sonríe, como si supiera en lo que estoy pensando. O no. Lo había imaginado. Pensé que era real. ¿Por qué se siente real?

Seguimos caminando y recorriendo el parque, y el habla, gesticula y me mira directo a los ojos. ¿Me mira a los ojos? Se ríe y habla con otra. Me mira de reojo y me pongo nerviosa. Me transpiran las manos. Él ya no me está hablando. Lo veo adelantarse y dibujar en un plano rectángulos y cuadrados que no se a qué pertenecen. No lo estoy escuchando. Me mira y me pregunta si me parece bien. Asiento con la cabeza, como si estuviera ausente.

Explico lo que necesitamos que esté en el plano, pero los demás no me entienden. Él sale a mi rescate. Busca en mis ojos aprobación. Mi mirada se fija en la suya y mis labios se curvan. Estamos de acuerdo.

Llegamos al final del recorrido. Él huele muy bien y recuerdo el beso que no nos dimos. Pone su mano izquierda en mi espalda y se despide.

Mientras salgo caminando me acerco a mi amiga y le digo en voz baja que muero por ese chico, y él ni lo nota. Y es así. No me ve. Soy casi invisible. Cuando creo que me está mirando directo a los ojos, lo hace de educado, porque así se debe hablar. Y si sonríe es porque es simpático, no porque le guste.

“Él se lo pierde”, me dice mi amiga para consolarme. Pero no me deja tranquila. Yo también me lo pierdo. ¿Por qué esperamos a que sea el otro el que da el primer paso? No digo invitarlo a salir, pero generar una charla más allá de lo laboral, más allá de lo designado, sin necesidad de ser tan formales, y dar lugar a la risa y las miradas cómplice.

¿Por qué no lo hacemos? La mujer suelta y simpática pasa por rápida, la que no lo es (porque se detiene) no es interesante.

¿Cuál es el punto intermedio? El momento en el que somos seductoras pero no lanzadas, agradables pero no osadas.

A seguir buscando respuestas, y porqué no soluciones.
Sofi.-

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Baires in love - 20 / 11 / 2009

Hace un poco más de dos años conocí al amor de mi vida, o al menos eso creí cuando lo conocí. Era un tipo alto (bien alto) de ojos claros, de contextura mediana, con los brazos musculosos, no tenía las abdominales marcadas y era un exponente del arte y el teatro que en su momento tenía adoptado como mi prototipo ideal. Nos vimos por primera vez en una fiesta en la casa de un amigo en común. Y fue instantáneo. No podía dejar de mirarlo y viceversa.

A la media hora de haber llegado con mis amigas a la fiesta lo tenía dando vueltas alrededor nuestro y bailando, acercándonos tragos y charlando. Es cierto que hacía tiempo que no me pasaba esto y en parte estaba fascinada con su excesiva atención. Lo cierto es que un poco más avanzada la noche me encontré hablando afuera en el jardín con este increíblemente atractivo muchacho, F.
Llegó la hora de la cita y mis nervios, mientras manejaba hacia el lugar elegido, me hacía temblar las manos. La charla de aquel viernes de fiesta me había llevado a imaginar lo bien que podríamos funcionar juntos, sumado a las ganas que tenía de seguir conociendo a F. me hacía transpirar. Llegué 5 minutos tarde, y entre que buscaba un lugar para estacionar y respiraba profundo para no morirme en el intento de caminar, llegué 15 minutos después. Él ya estaba ahí, sentado en una de las mesas de afuera del bar, con un trago en la mano. Lo miraba y me preguntaba, ¿qué hombre no te espera a que llegues antes de pedir? Bueno, eso quizás no era tan malo.

Lo saludé y me senté al lado. A los pocos minutos llegó una moza que me tomó el pedido. Speed con hielo. Empezamos a hablar con mucho entusiasmo cuando llegó mi vaso con hielo y mi latita de Speed. “Son 6 pesos” dijo la chica con el delantal. Como buena chica educada abrí mi cartera pensando que F. iba a decirme “no, dejá, yo te invito.” Pero nunca pasó. De hecho, tampoco pasó cuando pedimos una segunda ronda de tragos y eran 15 pesos y él no tenía más plata que 5 pesos, por lo que pagué mi trago y parte del suyo.
Por supuesto, yo seguía firme en mi intención de hacer funcionar la relación con F. Por lo tanto, no me importó haber pagado el trago. Al día siguiente le conté al amigo en común que teníamos acerca de la salida. Su respuesta inmediata fue “Con F saliste? Estás loca?” No! Cómo voy a estar loca si está re bueno! “Después no me vengas a llorar. Yo te avisé.” Mi amigo me advirtió tanto en contra de este chico que yo me auto convencía día a día que no iba a escucharlo.
Sin embargo, con las semanas que avanzaban empecé a darme cuenta que mi amigo tenía razón. Estaba loca. F. intentó llevarme por un camino que yo desde chica estaba decidida a no seguir. Resultó ser que un tiempo atrás él había estado en España, tal como me había contado. Pero lo que nunca había mencionado es que había estado internado dos años por consumo de cocaína y otras sustancias inyectables. Me asusté. No por su pasado, sino por lo que intentaba hacer con mi presente. Sus conversaciones siempre se derivaban en una sutil invitación a consumir y ya todo me empezaba a molestar. Sus salidas extrañas, sus actividades que rozaban los límites de la legalidad, su grupo de amigos (que ya no incluía a mi amigo), y su constante insistencia en irme a su casa a dormir hacían ver como insignificante el hecho de que no me invitara el trago de la primera salida (ni ninguno otro de las siguientes).
Decidí no verlo más. Atrás quedaban mis ganas de conocerlo, a pesar de seguir pensando en que era una de las personas más lindas del mundo, y de encontrar sus fotos en Facebook con otras chicas que me daban envidia. Lo que me sorprendió es que él también desapareció. Pero me alcanzó para dejarlo atrás en el pasado, y con eso me contenté.
Hace unos días me volvió a contactar. Por Messenger. Me dijo que quería verme y me preguntó si seguía siendo amiga de aquel amigo en común que teníamos. Por supuesto que sí. Se desilusionó y me enteré porqué me había dejado de hablar en aquel entonces. Mi amigo se había enfrentado con F. para pedirle que no me viera más y así protegerme a mí.
De más está decir que no lo quiero volver a ver, por más actractivo y bohemio que sea, y seguiré pensando que si un hombre no te invita en la primera salida, probablemente no valga la pena tener una segunda, más allá de que me digan que soy prejuiciosa.
Sofi.-


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